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Desde ayer, solo se puede salir de casa en situaciones excepcionales, ir a comprar, a la farmacia, o a sacar al perro, por ejemplo.
La situación es muy grave, están muriendo personas, y aún así parece que hay gente que no se ha enterado, que sigue saliendo a la calle a “pasear”. Las redes sociales se han llenado de mensajes para pedir que nos quedemos en casa, muchas plataformas ofrecen servicios de manera gratuita, algunos artistas hacen directos ofreciendo su música, páginas dedicadas a "cosas que hacer en casa”.
Y aquí estamos. Esperando que pase el tiempo. Que el virus no llegue a nuestros seres queridos, que no se acerque a los más vulnerables, que pase rápido, que estemos en verano, que hablemos de esto tumbados en la playa, en una de esas reuniones familiares.
Todos reunidos alrededor de la mesa en nochebuena, que no tengamos que mirar ningún asiento vacío, que podamos reírnos de aquel momento en que toda españa se echó a la calle, y corrió al Mercadona más cercano a comprar papel de váter. (No me preguntéis por qué, es algo que nadie sabe, ni siquiera quienes lo han hecho conocen el motivo).
Todavía recuerdo, que un día cuando volví del gimnasio, el COVID-19 había llegado a Italia. Ahí sentí que realmente el virus nos tocaba de lleno, porque nuestros países estaban únidos. No era tan común conocer a alguien que hubiera estado en China, pero si gente que ha pasado por Roma o Milán.
Amigos míos volvieron de allí antes de que estallara todo. Pasaron la cuarenta, aunque no tenían síntimas solo por prevención.
Una o dos semanas después, llegaba de lleno a España y corría como la pólvora. Altamente contagioso. Muy peligroso para personas mayores y con patologías previas. Se cerraban colegios y universidades en Madrid y otras provincias gravemente afectadas.
Hasta la semana pasada, todavía nos reíamos, creíamos que no era importante, que pasaría, sin pena ni gloria por nuestras vidas. Un chaval dijo “ojalá corten las clases antes del miércoles y nos libremos del examen”. Cuatro días después su deseo se haría realidad. La noche del jueves, después de una comparecencia del presidente de Gobierno pidiendo que se cerraran todos los centros educativos del país y de la negativa de la Junta de Andalucía, a las ocho y media de la tarde, el Presidente de esta comunidad autónoma tuvo que salir, y cerrarlos definitivamente.
Se cometieron errores, se pedía tranquilidad, y era difícil encontrar el término medio entre “cuidarse, evitar lugares concurridos, lavarse las manos a cada momento, toser al codo, no darse la mano” y “hacer vida normal, no preocuparse en exceso porque es una gripe un poco más fuerte”.
A pesar de las palabras de calma; las mascarillas y los geles desinfectantes desaparecían de supermercados y farmacias.
Se seguían cometiendo errores, no se cancelaron las manifestaciones multitudinarias del 8M, y hoy por hoy, muchos miembros del actual gobierno están dando positivo en coronavirus.
Después de mucho debatir, se han suspendido multitud de eventos y fiestas importantes por toda la geografía española. Las Fallas de Valencia, el Festival de Cine de Málaga, La Semana Santa.
Ya no puedo salir de casa, gracias a dios estamos en la época de la comunicación, y solo tengo que desbloquear el teléfono para saber como están mis seres queridos.
Aún así, yo he decidido escribir, para desconectar, para recordarme que algún día leeré esto y no me parecerá para tanto, para contarle a los que vengan, como un país se unió para no salir de casa.
Como pasaba las horas frente a mi ventana, estudiando, escribiendo y no pasaba nadie. Como si se tratara un pueblo fantasma de las películas americanas. Como desempolvamos los juegos de mesa que llevaban años guardados, como acabamos con el catálogo de Netflix, como nos peleábamos por sacar al perro. Como deseábamos poder ayudar, y como nuestra única forma de hacerlo era quedarnos en casa.
Como tachábamos los días en el calendario y buscábamos desesperadamente una señal que nos confirmara que todo saldría bien.

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